jueves, 1 de octubre de 2026

Koljós

Emmanuel Carrère vuelve a presentarnos en "Koljós" una acertadísima combinación de hechos reales y literatura en la que la narración, sin abandonar nunca los hechos reales, se lee como una novela en la que con frecuencia perdemos olvidar que lo que se nos cuenta es la propia vida de las familias del autor. En esta ocasión todo hora en torno a la biografía de su madre, partiendo del momento de su muerte y el gran funeral de estado que le sigue. Sabemos así que Hélène Zurabishvili fue una gran dama, una estudiosa, una sólida intelectual con grandes conocimientos de política e historia internacional, en especial de la Unión Soviética y Asia Central, secretaria vitalicia de la Academia Francesa, además de otra multitud de cargos y títulos honoríficos y personaje relevante y reconocido de la sociedad y la cultura en Francia, su país de adopción. Pero sus orígenes familiares son bastante más lejanos: por parte de su padre estos se remontan a Georgia, sometida primero al imperio ruso y más tarde a la Rusa soviética, de donde gran número de aristócratas y burgueses liberales entre los que se encontraban los abuelos de Hélène tuvieron que huir tras el estallido de la revolución. En lo que se refiere a su madre, esta procede de aristócratas ruso-alemanes vinculados con números familias nobles de todo el continente.

A partir de la abundante documentación que el padre del autor, gran aficionado a la genealogía, recopiló a lo largo del los años sobre estos orígenes familiares, Carrère irá trazando la linea del tiempo de cuatro generaciones de la familia que le antecede que corre en paralelo con más de un siglo de la historia de Europa, en un viaje que va de lo íntimo a lo universal; una narración que comienza en Rusia pero que nunca se alejará demasiado de aquel lugar por la influencia que tuvo en el pasado y el papel relevante que sigue teniendo en el presente de Europa, «porque Rusia, para bien o para mal, es para mí un asunto de familia». Indagando en la peculiar idiosincrasia de los rusos, su actuación frente al resto del mundo y dedicando bastantes páginas a la situación de la actual guerra contra Ucrania, en algún momento se centra en exceso, en mi opinión, en sus viajes a Rusia, Georgia y Ucrania, insistiendo en una crónica de la actualidad que se aleja del relato biográfico que es la parte más disfrutable del libro.

A través de los retratos de las familias materna y paterna nos irá mareando su huida del lugar de origen y la llegada a Francia donde se conocerán Nathalie y Georges los padres de Hélène, la pobreza majestuosa que acompaña el exilio, la vida en Burdeos, el paso por la guerra, su difícil posicionamiento entre los bandos en lucha y, en definitiva, el extraño matrimonio que formaron. De ahí pasamos a los años de juventud de Hélène, su matrimonio con Louis Carrère, el inicio de sus dispares carreras profesionales hasta llegar a los años sesenta en los que el autor ya comparte sus propios recuerdos familiares que son, por lo general, tiernos y entrañables: una infancia que trascurre pegado a las faldas de la madre en la que Emmanuel será un niño solitario y siempre rodeado de libros y tanto él como sus hermanas participan del entrono intelectual de Hélène. Por otra parte, el padre es una figura más ausente a causa de sus frecuentes viajes por trabajo y terminará convertido en una triste presencia cuando su relación matrimonial fracase.

La madre, que al fin y al cabo es el objeto principal de toda esta crónica, intensa y emocional, queda retratada con cruel sinceridad, lejos de la piedad filial que pretende ejercer «Aun así, me pongo a ello con la esperanza de que me sorprenda, de que, al perforar la corteza de rencor y malentendidos acumulados desde hace más de cincuenta años, llegue a lo que debe ser la fuente de este libro: el amor sin límites que nos unió en mi infancia.»

Tras leer esta obra plagada de libros, grandes clásicos, y referencias literarias, termino con una cita que me ha resultado maravillosamente inspiradora como lectora voraz que también empezó su trayectoria en la más tierna infancia, aunque en mi casa no fueran, por supuesto, tan estrictos como en la del pequeño Carrére:

«Para mis padres era una cuestión de principios: en nuestra casa no hay tele ni radio, en nuestra casa se lee. No pasa nada por sacar malas notas, les decía sin inmutarse nuestra madre a nuestros maestros y maestras, siempre y cuando lean. En mi caso se cumplió el objetivo: me convertí, y sigo siéndolo sesenta años después, en un lector incorregible. Es mi actividad por defecto: mi favorita, la incesante, la incansable. Prefiero quedarme en casa leyendo que salir a ver a gente.»

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