viernes, 20 de enero de 2017

Pequeñas mentiras

Ya he descrito en otras ocasiones a Liane Moriarty como la reina australiana del drama de area residencial, campeona en retratar los tremendos "problemas del Primer Mundo" que sufren esas mujeres que tratan de ser perfectas en todo: madres ideales y amas de casa ejemplares, lograr plaza en los mejores colegios y cocinar madalenas ecológicas para merendar. En "Pequeñas mentiras" esos problemas comienzan el día de la presentacion de los alumnos de primer curso de preescolar en la escuela pública de la península de Pireewee, donde cada mami tienen su estatus: están las que cumplen estrictamente las normas sociales no escritas (las "melenitas rubias"), estan las líderes de la manada que son las que dictan las propias normas y estan las que son incapaces de adaptarse a ellas o no quieren hacerlo, lo que condena a sus hijos al ostracismo social ya a los cinco años de edad. Porque no hay nada que marque más que el que te inviten o no a un cumpleaños.

Nuevamente nos encontramos con una novela coral con tres o cuatro protagonistas principales, distintos tipos de mujer acompañadas en los papel secundarios por sus maridos. Nos enfrentamos a variados tipos de familia, matrimonios diversos, aunque por lo general de alto nivel económico y social, enfrentados a problemas cotidianos pero que, a pesar de ello, conservan las sonrisas brillantes siempre de cara a la galería. Y no olvidemos que durante toda la novela nos encontramos en mitad de un auténtico drama, porque nos enfrentamos a una investigacion por asesinato pero mientras sabemos quién mató a quien y porqué, pasaremos un buen rato con una permanente sonrisa sarcástica en los labios, conociendo personajes superficiales unos y reservados otros, transparentes o llenos de secretos, matrimonios perfectos y otros que sólo lo parecen. Porque sabemos que Moriarty nos ofrece, fundamentalmente, literatura de evasión. Pero no nos dejemos engañar, bajo la pátina de ironía, humor y superficialidad se ocultan verdaderos dramas: el maltrato, el acoso escolar, los engaños de diverso tipo que en más de una ocasión nos borrarán esa media sonrisa de la cara. Porque la diversión no excluye la crítica social cuando saben combinarse adecuadamente.

sábado, 14 de enero de 2017

Patria

A Bittori le mataron al marido, el Txato, de un tiro en la cabeza a la puerta de su casa, en el pueblo donde nació y vivió, donde crió a sus hijos. Tras el asesinato tuvo que trasladarse a San Sebastián siguiendo el consejo de los hijos, enterrar allí al marido y huir de las miradas torvas e incluso de los insultos de los que la conocen de siempre, los que convierten a las víctimas en culpables, los que consideran que algo haría el Txato para que lo mataran los salvadores de Euskal Herria. Ella sólo pretende que alguien le pida perdón antes de morir. El asesino de Txato pudo perfectamente ser el hijo de Miren, la que había sido la mejor amiga de Bittori desde que eran crías y los maridos, Joxian y el Tatxo, camaradas de partidas en el bar, del club ciclista, hasta que el terror los separó. Pero ahora Miren sólo trata de seguir adelante, quiere que a su hijo, un joven valiente que se sacrificó por la libertad de su patria, le trasladen a una cárcel cercana para verlo con más frecuencia y no saber nada más de esos, demasiado tiene ella con ocuparse de su hija incapacitada y de sufrir por su hijo preso. Porque ella, ante todo, debe ser leal a su hijo y su lucha y a su propia familia.
"Se quedó mirándolo. Su hijo. De pequeño lo había lavado, lo había vestido, le metía a cucharadas la papilla en la boca. Haga lo que haga, me dije, será mi Joxe Mari y lo tengo que querer."
Fernando Aramburu, escritor vasco autoexiliado en Alemania, nos ofrece en "Patria" un relato a dos voces que nos muestra las dos caras de un conflicto que desangró el País Vasco durante décadas y sembró todo el país de muertes que en Euskadi fueron acompañadas de miedo, silencio, vergüenza, humillación, pena, ira, rabia, rencor, soledad, incomprensión. Nos lo cuenta sin dramatismos ni estridencias añadidas al propio dramatismo que supone convivir con el horror a diario, sentirlo en las propias carnes y que te lo inflija un vecino, alguien al que considerabas amigo pero que tenía ideas diferentes a las tuyas y defiende esas ideas a través del asesinato, anteponiendo sus ideales a cualquier otro principio moral. Y pasados los años la paz parece justificarlo todo: el olvido, la indiferencia, el perdón, pero ni siquiera tienen claro quién debe perdonar a quién.
"Así me lo dijo. Que no vaya al pueblo para no entorpecer el proceso de paz. Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra. Que no se nos vea y, si desaparecemos de la vida pública y ellos consiguen sacar a sus presos de la cárcel, pues eso es la paz y todos tan contentos, aquí no ha pasado nada."
Y los hay que quieren olvidar y los que no, los que quieren perdonar o que les pidan perdón, los que prefieren mirar a otro lado, hacer como que no pasó nada, borrar el pasado y los que se aferran a aquello que pasó como un perro a su presa y reviven día a día su sufrimiento negándose a pasar página, cada uno enfrentando su drama como puede o sabe. Contemplamos la cotidianeidad del enfrentamiento, cada familia a un lado del conflicto viendo cómo sus hijos son sacrificados en la pira del terror a la que se entregan como héroes del pueblo. Produce escalofríos ver cómo la juventud, jaleada por sus mayores, crece empapada del fanatismo irracional, de la justificación del odio y la violencia, de la deshumanización del "enemigo", una cultura de odio basada en un supuesto ideal político que corrompió toda una sociedad. Y cada uno se enfrenta a esa miseria como puede: unos sin dar su brazo a torcer, otros tratando de alejarse discretamente sin llamar la atención, pero, en cualquier caso, todos con las vidas inexorablemente arruinadas, víctimas y verdugos.
"Una cicatriz quedará siempre. Pero una cicatriz ya es una forma de curación. Y no sé vosotros, pero me gustaría que llegase para mí el día en que al mirarme en el espejo vea no sólo la cara de una persona reducida a ser una víctima."
Una lectura durísima pero necesaria, imprescindible para todos aquellos con un mínimo de interés por nuestra Historia reciente.

martes, 10 de enero de 2017

Todo esto te daré

La vida puede dar un vuelco de un momento para otro, todo lo que tienes y en lo que basas tu existencia puede desaparecer en un instante y eso es lo que le pasa a Manuel Ortigosa cuando el timbre de su puerta interrumpe su trabajo a mitad de escritura de su última novela. Una pareja de policías le comunica que Álvaro, su marido, acaba de fallecer en un desgraciado accidente de tráfico. Pero Álvaro se encontaba en un lugar remoto en Galicia, lejos de donde se suponía que debía encontrarse en ese mismo momento y a partir de ahí todo serán descubrimientos para el escritor, una avalancha de datos desconocidos sobre la vida oculta de su marido irán haciendo que tenga que formarse una idea totalmente nueva de quién era en realidad Álvaro y a qué dedicó sus últimos años a espaldas de su ahora atónito viudo. Este es el intrigante arranque de "Todo esto te daré", la última novela de la popular Dolores Redondo.

Yo no soy de puntuar las lecturas que voy haciendo, básicamente porque dentro de una novela hay cosas que me gustan más o menos, aspectos que me conquistan y otros que me decepcionan. Y en esta última novela tengo claro qué es lo que me ha parecido genial y qué es lo que no me ha convencido. Para empezar destacaré el tratamiento de las descripciones de personajes, de paisajes y ambientes. Sin duda lo mejor de la novela son los personajes principales: el escritor imbuído en su mundo creativo y ajeno a la realidad que le rodea y su manera de ir descubriendo a su marido una vez muerto; el guardia civil Nogueira que se nos presenta como un tipo despreciable pero que va cobrando interés y hondura según lo conocemos más a fondo; Lucas, el joven sacerdote amigo de la familia, un cura que se toma muy en serio su misión y es de gran ayuda espiritual incluso de los no creyentes con los que se cruza. Y, por supuesto, la mala de la novela, la matriarca de los Muñiz de Dávila, una malinga pura de manual, madre deshumanizada, cruel y fría, quizás demasiado mala para ser verdad pero que tiene el innegable atractivo de los personajes malvados. Sólo le pondría un "pero" al personaje de Álvaro al que no le encontramos un sólo defecto, ni físico ni moral; cada descubrimiento que de él hacemos es un destello de virtud, un acto de generosidad, una muestra de inteligencia indudable. Tal vez demasiado perfecto, en mi opinión.

En lo que se refiere al escenario al que nos transportamos, la autora cambia en esta ocasión el valle de Batzán de su exitosa trilogía por la Galicia más tradicional, con sus hábitos centenarios, sus nieblas, el orballo incesante, pero en este caso no entra en profundidad en la tradicion esotérica de la cultura celta sino que se centra en el catolicismo tal y como se vive en aquellas tierras, lleno de tradiciones seculares, ritos en ocasiones irracionales, una particular y profunda vivencia religiosa que abarca todos los aspectos de la vida y las costumbres. Y para rematar nos encontramos con el paisaje de la Ribeira Sacra, el mundo de los viñedos que crecen en escarpadas laderas asomadas al río, el duro trabajo de la vendimia y en las bodegas, la fabricación del vino como una forma de vida, ahí tenemos otro aspecto reseñable de esta novela.

Harina de otro costal es la trama de la investigacion que centra el argumento del libro en la que las pruebas, los testimonios clave y las respuestas a las cuestiones van poniéndose a disposicion de Manuel, aprendiz de detective, con una pasmosa facilidad, los resultados de la investigacion policial se les dan a conocer con puntualidad británica, vamos, que cualquiera resuelve unos crímenes con todo tan a favor como tienen Álvaro y su equipo. No la puedo calificar, con todo esto, como la mejor novela de género detectivesco que he leído nunca.

En cuanto al estilo narrativo, se nota el esfuerzo realizado en el buen uso del lenguaje, la prosa resulta trabajada, aunque tal vez se nota demasiado ese esfuerzo, en ocasiones imaginas a la escritora dándole vueltas a una frase o a una descripción, y eso no siempre es bueno en una lectura, aunque seguramente es lo que ha conquistado al jurado del Premio Planeta, ¿quién sabe?

jueves, 29 de diciembre de 2016

Lo que escondían sus ojos

Supero nuevamente mis prejuicios sobre novelas escritas por personajes televisivos o populares, para disfrutar de esta novela de la periodista Nieves Herrero que rondaba por casa hace ya algún tiempo pero que no me decidía a leer a causa, fundamentalmente, de la desconfianza que me procuran estos libros que proceden de personas ajenas al ámbito de la literatura propiamente dicha. Pero, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones, la sorpresa ha sido para bien: me ha gustado mucho la manera de contar una historia que, de antemano, ya sabía que iba a resultar apasionante por sus personajes y las circunstancias que les rodearon. Ha sido la emisión en televisión de la serie basada en esta novela lo que me ha dado finalmente el empujón necesario para ponerme manos al asunto y es que no podía consentir que la versión televisiva me arruinara la experiencia de conocer una historia como la que cuenta "Lo que escondían sus ojos" directamente desde el formato novela, que luego en imágenes no siempre se transmiten las historias con la misma intensidad que a través de la palabra escrita, o al menos eso me suele parecer a mí, y en este caso concreto debo reitererarme en esa teoría: la novela supera ampliamente a la serie.

Pues entrando ya en la historia que se cuenta en el libro, diremos que tiene como protagonistas a Sonsoles de Icaza, la joven y bella marquesa de Llanzol, inteligente y atractiva mujer de la alta sociedad española de la posguerra y junto a ella a Ramón Serrano Súñer, el cuñado de Franco, popularmente conocido como el cuñadísimo, principal ministro del Régimen y hombre poderosísimo por su cargo y, sobre todo, por su cercanía familiar con Franco. Que estos dos personajes tuvieran un romance estando ambos casados no podía suponer más que un escándalo en la pacata sociedad de aquella época y así ocurrió cuando la intensa historia de amor y pasión que compartieron salió finalmente a la luz.

Este apasionante romance viene enmarcado en un entorno muy certeramente dibujado del momento político; con Europa en plena guerra, la negociación del ministro Serrano con Hitler que presiona incansable para convencer a España para entrar en el conflicto del lado del las potencias del Eje, le pone en un difícil papel al tratar de mantener por todos los medios la neutralidad para poder recuperar el país tras la recién concluída Guerra Civil. Tampoco la política nacional es sencilla. Asistimos a un retrato de Madrid donde conviven los grandes lujos entre los que se mueven las familias adeptas al régimen que recuperan pronto sus hábitos de vida cotidiana, a pesar de que otros muchos compatriotas luchan por subsistir entre las grandes penurias que caracterizaron la posguerra. Los episodios históricos y las escenas del día a día de la España de la época se entrelazan con soltura con la trama romántica que es el argumento central de la novela en la que aparecen episodios como la creación de la División azul, la entrada de los EEUU en la guerra mundial y otros tantos que se alternan con el veraneo en San Sebastián de los más pudientes, las numerosas fiestas privadas, los aperitivos en el Ritz y donde aparecen personajes de gran interés como el modisto Balenciaga, único amigo y principal confidente de Sonsoles; Carmen de Icaza, hermana de Sonsoles y también popular periodista y escritora; Carmen Polo, esposa de Franco; Dionisio Ridruejo o tantos otros protagonistas de la época.

Me ha agradado especialmente que el relato prescinde de juicios de valor de carácter ideológico o político, retrata la sociedad de penuria y necesidades que siguió a la guerra, a los protagonistas del romance y su entorno que pertenecen a clase acomodada victoriosa tras el conflicto bélico, aparecen representantes de los dos bandos enfrentados en la guerra mundial, pero no se aprecian valoraciones o descripciones peyorativas ni sesgadas que trasluzcan críticas ni halagos a una u otra parte; en todos los bandos aparecen personajes positivos y negativos en función de sus propios actos y no del lado o el bando en que se encuentran. Una imagen, por lo tanto, muy ecuánime de esta época histórica que ha sido escasamente retratada a nivel novelesco, al margen de los libros de carácter político o puramente histórico y que creo que es el mejor baza de la novela.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Falcó

Podria decirse que la última novela de Arturo Pérez-Reverte, "Falcó", está escrita en blanco y negro. Al menos a mí, al ir leyéndola, todas las imágenes que me venían a la mente se me representaban en esa gama, como si de una película de las clásicas de cine negro se tratara. Y es que la novela retrata una época bastante oscura de por sí, como no puede ser de otro modo cuando hablamos de la Guerra Civil española, pero es que además los personajes y las circunstancias retratadas son de un tono gris oscuro, empezando por el protagonista, Lorenzo Falcó, un buscavidas de manual, sin ideología ni bando, con el único objetivo vital de salvar el propio pellejo, además de sacar el máximo provecho a cualquier circunstancia, aunque se trate de una guerra fratricida. Un protagonista que se mueve entre tugurios de los bajos fondos, con sombrero ladeado que apenas deja ver su rostro y un cigarro permanentemente entre los labios. Lo que decía al principio: una imagen más propia del cine negro de toda la vida. Y a ello sumamos esas frases para enmarcar que son tan propias de Pérez-Reverte, esas afirmaciones que encierran toda una filosofía de vida, todo el desencanto y la amargura del que no cree en la bondad humana y sí en la capacidad de destrozarnos los unos a los otros sea en la guerra, en el amor, en la amistad o en los negocios, lo mismo da.
"Sólo dispongo de una vida, dijo. Un breve momento entre dos noches. Y el mundo es una aventura formidable que no estoy dispuesto a perderme."
Los personajes de esta novela, con contadas excepciones, nos muestran una vision agria y desencantada de la vida, individuos que sólo se mueven por interés propio, desconfiados, solitarios; hombres con sombrero, mujeres seductoras al estilo de los años 30, encuentros clandestinos en barras de bar, entre humo de tabaco, escenarios y diálogos certeramente dibujados, atmósferas evocadoras de una época y una sociedad en guerra en un país arruinado en todos los aspectos. Brillan en especial los diálogos en los que tan hábil se prueba siempre el autor, que nos transmiten la filosofía del descanto de unos personajes descreídos, al margen de ideologías o creencias frente a otros capaces de arriesgar su vida por aquello en lo que creen.
"A poco que vivas, la vida les quita la letra mayúscula a palabras que antes escribías con ella: Honor, Patria, Bandera…"
Asistimos a la guerra desde la retaguardia, sin acercarnos a la línea de batalla, mezclados con la población civil, asistiendo a su vida cotidiana y acompañando a los que luchan por sus ideas aunque permanezcan lejos del frente y también a los que se esconden de esa primera línea, a los que se esconden y tratan de pasar desapercibidos. 
"No era asunto suyo, se dijo. Allá quien matara o muriera, y sus razones para hacerlo. Su idiotez, maldad o motivos nobles. La guerra de Lorenzo Falcó era otra, y en ella los bandos estaban perfectamente claros: de una parte él, y de la otra todos los demás."
No puedo dejar de señalar que Pérez-Reverte regresa de nuevo, literariamente al menos, a Cartagena, su ciudad natal, cosa que sus paisanos siempre le tenemos que agradecer por la oportunidad que nos brinda de ver a sus personajes literarios pasear por calles y lugares familiares, usar expresiones de la tierra y rememorar acontecimientos de nuestra historia más cercana. Un placer añadido al de la mera lectura.

jueves, 15 de diciembre de 2016

La corona maldita

Cuando a Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV, le nombran rey de España, siendo el primer Borbón que se ciña la corona de este país con el nombre de Felipe V, nadie le había pedido su permiso ni su opinión, nadie se planteó que ser nombrado rey fuera lo peor que le podía ocurrir a este hombre depresivo y esclavo de sus pasiones que nunca quiso hacerse con ese cargo y jamás logró sentirse a gusto ostentando el cetro de uno de los reinos más poderosos de la época.

"La corona maldita", de Mari Pau Domínguez, se centra en los años en los que Felipe, ya viudo de su primera esposa, María Luisa de Saboya, contrae matrimonio nuevamente con Isabel de Farnesio, una princesa italiana más ambiciosa e intrigante de lo que se esperaba de ella en principio y claramente más centrada en manejar el poder que su propio esposo. Isabel se traerá a la Corte, no sólo a sus propios consejeros, sino también expandirá por el país la moda, los usos y la gastronomía de su Parma de origen. Cuando el rey de las primeras muestras de desequilibrio mental, su melancolía extrema, un estado que hoy día conoceríamos como depresión, cuando sus excentricidades sean difícilmente disimulable, la reina no dudará en tomar el mando de la situación, demostrar su fuerte carácter y determinación negándose a perder el timón del reino, dispuesta a imponer su voluntad y lograr su fin último: que sus hijos alcancen puestos de relevancia frente a los hijos habidos del primer matrimonio del rey.

Mediante escenas excesivamente explícitas y reiterativas se nos muestra la obsesión por el sexo del monarca, además de sus muchas otras obsesiones como su pasión desmesurada por los relojes, su frecuente ensimismamiento, la alternancia entre la depresión y el desvarío. Un cuadro, en fin, que se centra en los desajustes del rey como persona, pero que deja al margen todo lo que de relevante tuvo su reinado a nivel político y cultural. Y es que la práctica totalidad del argumento se centra en la vida íntima de los reyes, apenas asomándose al resto de la Corte y apenas fuera de los muros de las residencias reales, con lo que se puede echar en falta un retrato más a fondo de la época, de la sociedad y el entorno nacional e internacional en el que vivieron Felipe e Isabel; podría decirse que pasamos más tiempo en la cama de los reyes que en ningún otro lugar de todo su reino.

El relato se convierte en ocasiones en demasiado reiterativo, con escenas muy similares contadas una y otra vez. Ninguno de los personajes termina resultando simpático o atractivo al lector, aparte de ese pobre rey con los tornillos más que flojos. Es cierto que la propia autora reconoce en el epílogo del libro que no pretende realizar un retrato completo del reinado del primer Borbón español, sino dar una imagen del hombre, pero en mi opinión el hecho de que se ciña tanto a los aspectos más íntimos y escabrosos limita la visión de la figura histórica, dejando sólo el triste retrato de un pobre hombre obsesivo, incapaz de asumir el papel asignado por la vida y que, sin embargo realizó grandes cosas durante su reinado que en absoluto se ven reflejadas en esta novela. Pero es que ya ha quedado claro que ese tampoco era el objeto de la misma. Otra vez será.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Me llamo Lucy Barton

Una mujer joven convalece en una solitaria habitación de hospital en la ciudad de Nueva York. La sorpresiva visita de su madre, a la que no ve con frecuencia, desata todo un torrente de recuerdos a través de los que la protagonista de "Me llamo Lucy Barton" va adentrándose, casi a trompicones, con escenas cortas, inconexas, mediante comentarios apenas hilvanados, a lo largo de su biografía. O, al menos, centrándose en aquellos episodios que nos muestran la relación con su madre, con su padre y sus hermanos, de su infancia mísera, de su matrimonio, sus hijas. No nos encontramos ante un relato continuo,sino que va y viene en el tiempo a base de imágenes fugaces, frases sueltas, da la sensación de que Lucy nos habla directamente sin pasar sus pensamientos por el filtro de la escritura, dando lugar a un relato con un estilo directo e intimista, como si asistiéramos en directo a las confesiones de una amiga.

A pesar de la breve extensión de la novela, Elizabeth Strout es capaz de hacernos llegar mediante esos retazos de vida apenas esbozados, los episodios fundamentales de la relación familiar de Lucy, de su infancia y juventud en un entorno humilde hasta el extremo y que la marca hasta su edad adulta. Vemos como, a pesar de lo conflictivo del hogar en el que se crió, a pesar de tener una madre distante, un padre violento, unos hermanos indiferentes, ajenos a la brillantez de Lucy, a su distanciamiento de todos ellos, a pesar de todo, Lucy ama lo que conoció, se siente parte de esa familia que la ignora y de la que se distanció para triunfar en la vida. Pero, así y todo, ella ha edificado su presente, la vida familiar y profesional exitosa de la que disfruta ahora, sobre esa pobre estructura, sobre esos tristes recuerdos. Porque, al fin y al cabo, todos somos, para bien o para mal, lo que recibimos en la infancia que, dichosa o desgraciada, nos marca para siempre. Lucy no recibió cariño en su entorno familiar, ni palabras de aliento ni apoyo, lo que no quita para que se haya convertido en una amante esposa y una madre cariñosa. Pero no hay duda de que la añoranza por lo que no tuvo nunca la acompañan siempre.

Recomiendo, sin duda, este relato melancólico y sutil, una lectura que va sobrevolando temas como el matrimonio, la familia, el auge del SIDA en los años 80, el apego de los padres y los hijos... temas que se nos quedan planteados para la reflexión, apenas dibujados para que cada uno le de la forma que más le convenga.