Esta historia se sitúa en una zona inmensa y salvaje al noroeste de los Estados Unidos, al borde de la frontera de Canadá, un territorio que a esas alturas de finales del siglo XIX se encontraba aún casi inexplorado, conformado por pequeñas localidades que nacen a la orilla de los ríos o siguiendo las carreteras y las vías del tren que todavía se está expandiendo por estos lunares donde la vida de sus habitantes es difícil, sometida a fuegos, riadas o enfermedades y una pobreza extrema. Mientras la gran nación va creciendo y robusteciéndose, los hombres tratan de dominar el paisaje y su territorio cruzándolo con vías de tren, talando bosques, atravesando gargantas de ríos con puentes imposibles. En medio de esa potente naturaleza siempre indomable, Grainier tratará de rehacer su vida entre el paisaje de las praderas y colinas, a la sombra de inmensas montañas pobladas por lobos, coyotes y osos, sobre la tierra arrasada por el fuego reconstruye su cabaña e inicia una vida radicalmente simple.
Esta novela nos transmite una épica que nace de lo pequeño, la protagonizada por un hombre sencillo enfrentado en su humildad a la magnificencia de la naturaleza y a la crueldad del mundo que muestra una fuerza que no se puede combatir, sino que basta con asumirla y adaptar la existencia a su ritmo y exigencias. Es una lucha de un hombre que nunca se convertirá en héroe contra el inmenso mundo en la que sabemos desde el principio quien va a vencer.
"Tuvo una única amante —su mujer, Gladys—, fue propietario de media hectárea de tierra, dos yeguas y un carromato. Jamás se emborrachó. Jamás adquirió un arma de fuego ni habló por teléfono. Viajó habitualmente en tren, muchas veces en automóvil y una vez en avioneta."

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