Y es que la historia que nos cuenta en primera persona la narradora, de la cual no conocemos el nombre, tan sólo que es una joven madre soltera que trabaja como empleada doméstica y que consigue, tras muchas otras asistentas que han pasado previamente por el puesto, adaptarse a la extraña personalidad de su patrón: una especie de genio loco, que no es sino un viejo matemático, antiguo profesor universitario, que, a causa de un accidente de tráfico, quedó afectado por una extraña lesión cerebral que le elimina su memoria reciente, sus recuerdos quedaron atascados en 1975 y a partir de ahí no recuerda nada que haya pasado hace más de 80 minutos, por lo que lo único a lo que se aferra es al inmutable mundo de las cifras, viviendo entre fórmulas, teoremas y demostraciones. Tal es su problema, que las cosas importantes tiene que anotarlas en papelitos que prende con imperdibles a su chaqueta, de manera que pueda consultarlas cuando lo precise, en eso consiste toda su memoria reciente.
La relación laboral evoluciona hacia un acercamiento más personal cuando el profesor se empeña en que el hijo de la empleada, al que rebautiza como Root (raíz cuadrada en inglés) por la particular forma aplanada de su coronilla, acuda a la casa al finalizar la escuela y allí se ocupa de ayudarle con sus deberes de matemáticas. El profesor no sólo le aporta su sabiduría, sino que además comparte con el chico su pasión común por el beisbol, aunque el maestro sólo recuerde a las estrellas deportivas de veinte años atrás; así y todo, se convierte para el niño en lo más parecido a una figura paternal que Root haya tenido nunca. La propia madre comienza a acercarse con interés a las matemáticas, que en boca del profesor parecen formar parte de un espacio mágico donde todo es posible y todo encaja: números primos, divisores, números perfectos y triangulares, toda una serie de misterios por descifrar en los que la mujer se introduce comenzando a captar la belleza que se oculta tras las cifras. Como lo describe el profesor: “aquella verdad eternamente correcta”,”Un mundo invisible que sostiene al mundo visible” y al que no le afecta la materia ni los deseos humanos.
Compruebo, por tanto, que Ogawa ha sido capaz de lo que parecía imposible: elaborar una narración con las matemáticas como protagonista que es capaz de destilar una enorme cantidad de carga poética. Entiendo que este logro tiene mucho que ver con la visión del mundo que es propia de la narrativa oriental, esa apreciación de la realidad basada en los ritmos y las leyes de la naturaleza de las que no son ajenas las leyes matemáticas, pero lo cierto es que el resultado es un relato donde se funden, de una manera particular, la más profunda sensibilidad con la pura teoría matemática. De tal manera presenta el tema que yo misma me he encontrado haciendo cálculos para resolver problemas o comprobar si un número era primo o compuesto, y eso que debo confesar que nunca he sentido una particular atracción por esta materia. El libro constituirá una auténtica delicia para aquellos que tengan entre sus aficiones, además de la lectura, las matemáticas.
—Como los números son infinitos, supongo que se pueden crear tantos números gemelos como se quiera.
—Tienes razón. Supones bien. Pero al pasar del cien, como diez mil, un millón, diez millones, se llega a una zona desértica donde ya no aparece ningún número primo, sabes...
—¿Desértica?
—Sí. Por mucho que avances, no verás ni la sombra de un número primo. Todo es un mar de arena hasta donde alcanza la vista. El sol te abrasa despiadadamente, tienes una sed tremenda, no ves bien y hasta vas perdiendo el conocimiento. Te acercas corriendo a un número pensando que es un número primo, pero es un simple espejismo. Aunque alargas la mano, no agarras más que el aire caliente. Sin embargo, avanzas un paso tras otro, sin desistir. Hasta que ves el oasis de los números primos, rebosante de agua pura, más allá del horizonte... El sol poniente se alargaba a nuestros pies. Root repasó con el lápiz el círculo que rodeaba los números primos gemelos. Flotaba un vapor que salía de la olla de arroz, procedente de la cocina. El profesor lanzó su mirada al otro lado de la ventana como si quisiera ver y escrutar un desierto, pero allí no había más que un pequeño jardín, abandonado y olvidado de todos.





