lunes, 3 de agosto de 2009

Mille anni che sto qui.





Con los calores que sufrimos en estos días sospecho que la última novela que acabo de leer, “Mile anni che sto qui” de Mariolina Venecia, no sea la más apropiada para comentar, dado que hay obras como esta que tienen la capacidad de transportarte al paisaje donde se desarrollan, de introducirte en su atmósfera que en este caso es el sur más seco de la Basilicata italiana donde la familia Falcone vive y sufre desde la época de la reunificación hasta el tiempo presente, siempre en medio de ese paisaje seco, árido, donde incluso las personas son así, secas, difíciles de tratar. La novela tiene puntos de realismo mágico donde las pasiones exaltadas y los caracteres extremos dan lugar a situaciones trágicas y destinos dramáticos.
Esta sensación de calor y aridez a la que me refiero la sentí igualmente leyendo, por no salir de Italia, “Cristo si è fermato a Eboli” de Carlo Levi, donde, literalmente, podía sentir las nubes de polvo recorrer las tristes calles del pueblo. Esta capacidad de traspasar las páginas de un libro y adentrarme en su ambiente, como el frondoso jardín de los Fizi-Contini (Giorgio Bassani) porque no todo va a ser cálido sur, es lo que me atrae de algunas obras, que me permiten transportarme en el tiempo y el espacio a otros lugares y sentirme cerca de los personajes, no sólo a nivel de empatía emocional, sino incluso de sensación física de compartir el espacio geográfico, la temperatura y el clima.
Tal vez sería más aconsejable, por tanto, comentar, por ejemplo, “Crepúsculo” de Stephanie Meyer, que también he terminado por estas fechas, aunque confieso que lo he hecho casi por obligación, por no tener que “confesar” ante nadie que no conocía aún esta saga ya mítica, sobre todo entre los más jóvenes; eso sería algo así como confesar que no he leído ningún Harry Potter (reconozco que sólo he leído el primero y que no me disgustó, si bien tampoco me he enganchado como para seguir con la serie, aunque tengo en casa algún otro volumen de la serie, aunque más bien destinados a mis hijos en un futuro no muy lejano)




Pues como decía antes de perderme en esta digresión, “Crepúsculo” es una novela con un ambiente húmedo y sombrío, y no me refiero a la trama del libro, sino al entorno natural en el que se desarrolla la historia: un pueblo costero en el lluvioso estado de Washington, al noroeste de EE.UU. en el que apenas brilla el sol (sospechosamente adecuado para albergar a una familia de vampiros) Aunque sólo fuera por este refrescante escenario esta podía ser una novela adecuada para recomendar en esta temporada, pero no sé si será suficiente argumento para hacerlo.
En cualquier caso, creo que para la temporada en que nos encontramos me conviene buscar pronto otro destino literario más fresco y frondoso que el sur de Italia. Tal vez me convenga volver a intentarlo con “Luna nueva”, segundo volumen de la saga vampírica, allí seguro que no ha dejado de llover y dado que es una lectura fácil, seguro que no me hace sudar. Lo voy a intentar, aunque sólo sea por razones climáticas.

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