martes, 1 de junio de 2010

De Sandor Marai a Ken Follet

Terminé hace unas semanas de leer “La Mujer Justa” de Sandor Marai, un autor que me gusta especialmente, a pesar de no ser de lectura fácil, ya que profundiza con gran intensidad en los pensamientos y sentimientos de sus personajes, lo que se da especialmente en esta novela en la que se cuenta una misma historia a través de sus tres protagonistas que cuentan en forma de monólogo en primera persona los mismos hechos pero pasándolos cada uno de ellos por el tamiz de su propia experiencia, de su particular situación en la vida, en la historia y en la sociedad de la Hungría de principio de siglo, una realidad histórica para mí desconocida (al margen de las obras de Marai que siempre son húngaras) mediante la que descubro una sociedad cargada de tradiciones, cultura y larga historia y que quedó silenciada tras las guerras mundiales.


Marai retrata a los tres personajes, el esposo perteneciente a la antigua nobleza, la esposa burguesa y la amante de procedencia obrera e incide mucho en lo que la clase social de cada uno afecta a su modo de actuar, de pensar y de considerarse a sí mismo reflejando al mismo tiempo cómo la incipiente desaparición de las rígidas barreras entre dichos grupos sociales lleva aparejado que estas personas, en ocasiones, pongan en duda su verdadera identidad al dejar de encontrarse amparados por el marco tradicional en que cada uno vivía y moría dentro de su grupo social, acogiéndose a sus usos y limitaciones o a sus privilegios entendidos como algo inmutable que aportaba la seguridad de sentirse parte de algo perdurable, pero que en ese momento empezaba a dar muestras de no serlo tanto, con lo que esos cambios sociales suponen también cambios en las mentalidades individuales de los personajes.


Las novelas de Marai no son, precisamente, de acción sino de introspección en las mentes y corazones de las personas retratadas, por lo que el haber acometido tras esta lectura, “Un mundo sin fin” de Ken Follet (best seller por excelencia de los que hay que leer por obligación) no ha sido precisamente una decisión afortunada: es como pasar, sin solución de continuidad, de contemplar el fuego de la chimenea en una tarde lluviosa a tirarse en paracaídas desde una avioneta, la mente trataba de permanecer aún en un estado de serena reflexión cuando se la somete a un exceso de actividad, puede que esta sea la razón que me lleva a calificar esta última lectura de “novelón de verano” recomendable únicamente para llenar largas y ociosas tardes de verano en las que no se quiera dar mucho trabajo a la reflexión. Tan sólo me ha planteado una duda: ¿cómo es posible meter tanto sexo en una novela en la que la mayoría de sus personajes son monjas y monjes? Supongo que es un ingrediente imprescindible de cualquier best seller veraniego que se precie de serlo.

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