La desgana con la que Marcello se plantea la vida, su forma de expresarse relajada y contemporánea, sin mostrar ninguna pretensión ser un intelectual resabiado, marcan el tono de la novela, al menos aquellos centrada en la experiencia del protagonista como estudiante de doctorado. Gori se burla de su propia ridiculez e ignorancia frente a algunos colegas con los que topa para los que los estudios académicos lo son todo, que conocen las corrientes, las relaciones, los entresijos del mundo universitario, que dominan asuntos de los que Marcello no ha oído ni nombrar. Así ocurre con el tema de su tesis doctoral que le viene prácticamente impuesto por parte de su tutor: le tocará investigar sobre un tal Tito Sella, un autor menor, apenas conocido y del que se destaca más su vertiente como terrorista de ultraizquierda en los años setenta que sus méritos literarios. El hecho de que proceda, como el propio Marcello, del pueblo de Viareggio parece ser razón suficiente para despertar su interés. Marcello deberá bucear en periódicos de la época y entre los recuerdos de los contemporáneos al escritor para rescatar material de utilidad con la cual elaborar su tesis para, más tarde, trasladarse a París donde se encuentran depositados los archivos personales y literarios de Sella.
Buena parte del relato nos nuestra cómo Marcello debe adentrarse en el proceloso mundo académico, descubrir las luchas por hacerse con una plaza en los cursos de doctorado o alcanzar una posición en cualquier departamento universitario; conocerá todas las triquiñuelas para hacer carrera en ese ámbito, la importancia de saber hacer méritos, lograr publicar, haberse con una beca, conseguir puntos, elegir bandos, pelotear a quien corresponde o someterse al tutor a toda costa.
En cuanto al asunto clave que sobrevuela toda la novela, se centraría en el contraste entre la juventud a la que pertenece el narrador, la generación actual de italianos treintañeros que en nada se parece a aquella que personifica Sella que, cuarenta años atrás y en su misma ciudad, se comprometía políticamente, llegando a la acción armada por defender unos ideales en los que creían fervientemente aunque resultaran de lo más cuestionable. Los jóvenes que frecuenta Marcello, como él mismo, se muestran más que renuentes a abandonar el limbo de la juventud sin responsabilidades, con perspectivas profesionales poco prometedoras, carecen de toda confianza en el futuro que les espera, prefieren mantenerse, como eternos adolescentes, alejados del compromiso y las responsabilidades de la adultez a la que temen sobre todas las cosas y a los que sólo emocionan las victorias de su equipo de fútbol o una buena sesión de videojuegos.
Me ha resultado una lectura amena es su mayor parte, con buena carga de sarcasmo e incluso humor y más interesante cuando se centra en los padecimientos del protagonista o las absurdas y más bien ridículas disputas entre departamentos universitarios que cuando se adentra en las investigaciones sobre el polémico autor objeto de su estudio, si bien en la narración donde reconstruye la toma de conciencia revolucionaria por parte de Sella y sus compinches y las acciones de su brigada también hay mucho de ridículo y tono burlón. También es cierto que ese aire de comicidad va apagándose hacia el final de la obra que gira hacia un tono más dramático del que podríamos esperar al inicio. En definitiva, me ha parecido acertado y valiente el ácido retrato que aquí ofrece Ferrari de su propia generación a través de Marcello, un hombre con el que comparte prácticamente edad, procedencia y formación académica; no creo que coincida, sin embargo, en cuando a la falta de impulso y la apatía vital.

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