Como es habitual en Haruf, en este libro también nos presenta a gente sencilla con vidas honestas y simples en el apacible pueblo de Holt, ya mítico escenario de su trilogía: una pequeña comunidad rural unida y vigilante, poco partidaria de demostrar sus sentimientos en público, donde los vecinos se ayudan y apoyan sin meterse demasiado en los asuntos ajenos pero esperan, ante todo, que se respeten las normas morales establecidas.
"Los pueblos, dijo él. Todos creen que te conocen.
Me conoce. Al menos en parte.
Saben demasiado. No me gusta.
No tiene que gustarte."
Se nos presentan una serie de vidas monótonas, sencillas y apacibles en apariencia en medio de un paisaje sereno, de llanuras que se extienden hasta donde alcanza la vista, donde los personajes se sientan en el porche a contemplar el atardecer o miran por la ventana sentados a la mesa. Esos momentos en los que no pasa nada transmiten paz y sosiego, aunque no ocultan los demonios interiores que todos llevan dentro. Porque está claro que no todo es idílico en sus vidas; los personajes tienen sus dramas personales, sus heridas, sus debates morales que afrontan con serenidad y rectitud. Ocurre así con la inevitabilidad de la muerte tal y como la vive Papá Lewis que no la convierte en un momento dramático sino que es un paso más que hay que dar; la forma en que se muerte es la culminación de cómo se ha vivido. "Con Papá Lewis siempre sabes qué hora marca el reloj. Y no creo que se refiriese a la hora que era."
Haruf vuelve a deleitar con su forma de contar la vida, sencilla y austera, mediante frases cortas y contundentes, sin enredarse en digresiones ni largos párrafos, con ideas que van del corazón a la boca sin grandes elaboraciones ni discursos complejos, haciendo de esa simplicidad toda una manifestación de su manera de mirar al mundo.








