jueves, 9 de abril de 2026

Abril encantado

Hace años que tenía en mi lista de lecturas pendientes "Abril encantado", novela de Elizabeth von Arnim que finalmente he tenido la suerte de disfrutar. El inicio de la novela nos presenta a dos de sus protagonistas, comenzando por la señora Lotty Wilkins, una mujer insignificante, anodina, el tipo de persona que pasa inadvertida en las fiestas, cansada de su aburrida vida en Londres y de la lluvia constante; una tarde en el club tropieza con un anuncio en The Times: "Para aquellos que aprecian las Glicinias y el Sol. Se Alquila Pequeño Castillo Medieval Italiano Amueblado durante el mes de Abril." El mismo anuncio capta la atención de Rose Arbuthnot, una piadosa dama entregada a la beneficencia y a la catequesis que no habría soñado nunca con trasladarse al continente para disfrutar de los placeres de la primavera mediterránea de no ser por el impulso y el entusiasmo con el que la señora Wilkins la convence para compartir el alquiler de la villa 

"¿También ella se estaba imaginando cómo sería, el color, el aroma, la luz, el suave romper del mar entre las rocas pequeñas y calientes? Color, aroma, luz, mar; en vez de Shaftesbury Avenue y los autobuses mojados, y la sección de pescado en Shoolbred’s y el metro hasta Hampstead, y la cena, y mañana lo mismo y pasado mañana lo mismo y siempre lo mismo…"

Esas dos mujeres, que hasta ese momento sólo habían coincidido en la iglesia pero no se conocían personalmente, se reconocen frente a esa posibilidad de salir de su realidad cotidiana, hacer un descanso en un lugar lleno de belleza y de luz, tratar de ser felices durante un tiempo para regresar de allí cambiadas. La señora Arbuthnot ha vivido resignada durante tanto tiempo que no cree necesitar más que el servicio a su esposo y a Dios para hallar la felicidad pero la ilusión que le transmite la señora Wilkins le hace plantearse que también ella necesita esas vacaciones, escapar de los deberes auto impuestos para disfrutar de cosas a las que no están acostumbradas: la belleza de Italia, su luz, un jardín paradisíaco, las vistas al mar, el placer del descanso, la autocomplacencia, dejar de lado las obligaciones y la tristeza y disfrutar de su nueva aunque temporal libertad. Con el objetivo de repartir el coste del alquiler, deciden compartir el castillo con otras dos mujeres a las que contactan por medio de un anuncio: la joven y bella lady Caroline Dester que desea escapar de la atención constante que despierta en todos los que la rodean y resulta distante y engreída al principio y la desdeñosa y bastante anticuada señora Fisher que no tiene intención alguna de relacionarse con sus más jóvenes compañeras de alojamiento, a las que juzga estrictamente. 

Con humor y ternura canis conociendo los avatares de las cuatro damas, tan diferentes entre sí pero que comparten la evocadora imagen de una Italia idealizada por esas inglesas que han pasado la vida en el frío y húmedo Londres. En San Salvatore, en la costa de Génova y frente al Mediterráneo, las cuatro mujeres terminarán floreciendo de manera sorprendente: la señora Wilkins que con su mente simple practica sin saberlo el arte del mindfulness, dejando atrás cualquier preocupación anterior y disfrutando desde el primer momento de la suerte de haber alcanzado el paraíso; la Señora Arbuthnot que logra desprenderse de toda responsabilidad, del constante sometimiento a la voluntad divina y el anhelo por resultar interesante para su marido, logra finalmente relajarse y brillar por sí misma; la arrogante lady Caroline que olvida su egoísmo y el deseo de distanciamiento de las que consideraba excéntricas compañeras de residencia para forjar una auténtica relación de amistad. Y hasta la anciana señora Fisher deja de lado su hasta entonces inquebrantable severidad suavizando su carácter y su duro corazón y sintiendo renacer una nueva ilusión por vivir que creía apagada para siempre.

En este relato cargado de optimismo y esperanza, las mujeres cambian su manera de mirar el mundo, de afrontar las relaciones humanas pero ante todo pasan a valorarse a sí mismas, de verse en su mejor versión desde otra perspectiva iluminada por la intensa luz del Mediterráneo.

"Tanta belleza; y ella estaba allí para verla. Tanta belleza; y ella estaba viva para sentirla. (...) ¡Qué hermoso, qué hermoso! No haberse muerto antes de esto…, que se le hubiera permitido ver, respirar, sentir esto…"

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