martes, 17 de marzo de 2026

Mientras dormían

En "Mientras dormían" volvemos a encontrarnos con el comisario Guido Brunetti, de la policía de la ciudad de Venecia y protagonista de todas las novelas de Donna Leon. Al inicio de esta novela, sexta de la serie, el comisario recibe una información de manera extraoficial sobre unas muertes sospechosas que estarían ocurriendo en una residencia de ancianos regentada por una orden religiosa. Casi a título particular, Brunetti comienza a indagar en el asunto hasta llegar a poner al descubierto los turbios manejos que se vienen haciendo de los bienes de los ancianos residentes.

Me gusta regresar de vez en cuando a las novelas de Brunetti aunque sólo sea por volver a disfrutar de todos esos elementos que siempre nos ofrecen y que tanto me gustan: recorrer los canales de la ciudad en lancha o cruzar la laguna hasta el Lido; perdemos por las callejuelas y cruzar los puentes entre las niebla o parar en el mercado de Rialto y sus puestos de verdura; visitar antiguas casas señoriales amenazadas por el acqua alta habitadas por venecianos de familias de toda la vida fuertemente apegados a sus antiguos privilegios y que desprecian a sus compatriotas del sur. También regreso a la cotidianeidad del comisario y su familia, a su preocupación por esos kilos de parece haber cogido, a las notas de su hija, a las deliciosas comidas caseras que comparten y a las conversaciones con su esposa que con frecuencia le sirven para reflexionar sobre los casos de los que se viene ocupando.

El gran tema de estas novela, en todo caso, gira en torno a la relación de los diversos personajes con la religión. De entre todos ellos se dan dos posturas radicalmente opuestas: por un lado están aquellos muy alejados del ámbito de la fé o declaradamente ateos y que miran con suspicacia a los creyentes, como es el caso del propio Brunetti, de su esposa Paola o del sargento Vianello y por otro lado encontramos a miembros del clero, religiosas o católicos fervorosos que, como poco, se presentan como personajes malvados cuando no auténticos fanáticos, con lo que considero que la autora no es en ningún caso ecuánime al repartir los papeles de buenos y malos entre ambos bandos, además de caer en algún error a la hora de incidir en el carácter perverso de todo lo que tiene que ver con la Iglesia, como cuando tilda al Opus Dei de sociedad secreta. Lo que queda claro es que una ciudad como Venecia, para bien o para mal, no se entiende sin el papel y la influencia que la Iglesia Católica ha tenido en su historia pasada y aún en su presente, aunque eso parezca molestar a la escritora.

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