El texto repasa más de cuarenta años de rutinas compartidas por los dos escritores, de una casa, su hogar por treinta años, donde han criado a su hija y donde ambos tenían su espacio de trabajo, rodeados libros, películas antiguas, donde recibían amigos, compartían veladas en el jardín; el lugar donde forjaron el nosotros que ya no existe, donde ahora echa en falta el nuestro que nunca dejará de ser. «Cuando la pérdida es aguda, también lo es el miedo, un miedo helado y paralizante al futuro que significa yo sin ti.»
Hustvedt comparte las anotaciones realizadas en su diario durante los meses de la enfermedad, los correos con la evolución médica de Paul que enviaba con cierta regularidad a un reducido grupo de amigos, incluso los últimos escritos del propio Paul: unas cartas dirigidas a su nieto Miles recién nacido para que las leyera cuando creciera. Y continúa escribiendo tras la muerte: comentarios sobre asuntos diversos, su adaptación a las nuevas circunstancias, la vida después de Paul, la vida sin él, aunque de algún modo ella siente que permanece cerca, porque él afirmó en algún momento cercano a su muerte que quería volver como un fantasmas y Siri cree firmemente que sigue junto a ella, lo siente o así lo quiere creer.
Este es un bello texto sobre un duelo, la experiencia de la soledad que queda tras largos años de amor, el doloroso proceso de enfrentar la enfermedad y el sufrimiento y la manera en que juntos sienten cómo la muerte se avecina sin duda. «En Paul veo un ejemplo de cómo morir.» Pero también nos introduce en el mundo personal de la pareja, desde los inicios de su relación, sus códigos secretos, el humor compartido y las bromas privadas, anécdotas personales, sus relaciones con el círculo familiar más cercano, el drama protagonizado por Daniel, hijo de un primer matrimonio de Paul, así como aspectos de su oficio de escritores, las influencias mutuas en las obras de ambos y sus conversaciones interminables.
Es un relato en torno a emociones y sentimientos con lenguaje poético y al tiempo crudo y directo. La autora se abre en la escritura al lector con quien comparte su dolor y sus recuerdos, y no podemos sino agradecerle la generosidad al ofrecernos la posibilidades de adentrarnos de lleno en su intimidad, de permitirnos acceder sin reservas a su mundo privado y que todos los que admirábamos a su esposo en su faceta de escritor descubramos aquí mucho de su faceta más personal.
P.S.: Cuando terminé de leer este libro, no podía sospechar que mi propio marido iba a fallecer repentinamente tan solo una semana después. Al revisar esta reseña que tenía pendiente de publicar, no puedo sino reconocerme en muchos aspectos de la manera en que la autora vive su duelo, si bien el mío es todavía demasiado reciente como para poder teorizar sobre mis sentimientos, pero sí comparto esa necesidad de mantener presente y cercano en mi día a día la figura y el recuerdo del que ha sido mi compañero durante treinta y nueve años y también el vértigo frente la soledad. Ojalá también yo pueda revisar de aquí en adelante con serenidad y alegría tanta vida compartida y aprender a vivir a partir de ahora sin tenerlo a mi lado. La literatura no te enseña a vivir, pero sí que nos puede servir a veces de consuelo, de espejo o constatación de que los sentimientos y las emociones humanas son universalmente compartidas a lo largo del tiempo y el espacio y los buenos escritores son aquellos que nos ayudan a dar voz, a ponerle palabras a lo que ocurre en nuestro propio corazón.

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