La soledad no es sólo y necesariamente una cuestión física, de encontrarse en un lugar apartado o remoto, aislado de personas. También se encuentra solo el que, rodeado de gente, no encuentra su lugar, no cuenta con grupo de apoyo, lo mismo un náufrago en el mar que un joven sentado frente a la pantalla del ordenador, en lugares a donde no ha llegado nadie o de donde se han ido todos. Comenzando por el escritor argentino Horacio Quiroga, retirado en una cabaña en mitad de la selva de Misiones, con la única compañía de su joven esposa, se irán sucediendo distintas situaciones de soledad: un indígena en lo más profundo de la selva amazónica, Walden en el bosque, Robinson Crusoe en su isla, Emily Dickinson recluida voluntariamente en su habitación, el poeta Ovidio en el destierro, un preso en su celda, eremitas o monjes, migrantes y exiliados, distintos lugares a cual más solitario: el fondo del mar, las cumbres montañosas, las nieves árticas, la inmensidad del espacio, jardines, desiertos o monasterios. Soledades buscadas y deseadas u obligadas por las circunstancias, la soledad doméstica del ama de casa o del que pasa horas frente al ordenador sin conexión física con otras personas o la del que oculta su sexualidad dentro del armario.
La soledad conduce en ocasiones a la tristeza y la desesperanza, otras a dudar de la existencia de Dios y en ocasiones precisamente a encontrar a Dios; el aislamiento y el desencanto de la sociedad favorecen el éxito de los populismos que prometen acoger al ciudadano aislado, darle un sentido de pertenencia. "De modo que el problema no es la soledad, sino lo que uno hace con ella." La soledad provoca dolor pero también puede provocar placer; convertirse en una forma de conocimiento, es generadora de arte y de creaciones que se gestan de manera individual para ser luego compartidas.
"La idea de que toda narración surge de la vivencia solitaria de un ser humano, y de su esfuerzo por compartirla. O lo que es lo mismo, la soledad de un hombre que por el efecto mágico de una palabra se convierte en la experiencia de todos los hombres (...) Pero no debemos olvidar que el artista es también un mensajero. Alguien que viaja a lo desconocido o que penetra en las profundidades inaccesibles para retornar con un regalo para su comunidad. Esa sabiduría compartida, esa experiencia de estar solo para que los demás no tengamos que estarlo, es lo que llamamos literatura."
Es un auténtico placer leer a Juan Gómez Bárcena, hable de lo que hable, con esa forma de contar las cosas en las que se desliza de una idea a otra, con un lenguaje visual que se adentra en las emociones y sentimientos donde el lector se ve fácilmente reflejado. El autor comparte también su propia experiencia, reconociéndose, desde niño, como una persona eminentemente solitaria y compartiendo episodios de su propia vida y de su profesión donde la soledad has tenido un papel destacado. Nos comparte también algunos términos en desuso que deberíamos recuperar como solitud que suponer una placentera y deseada soledad o la soledumbre, que carece de connotaciones negativas y sólo describe una situación de hallarse sin compañía. Algunos capítulos me han cautivado más que otros en función de su temática o los asuntos que tratan pero todos los escenarios de soledad planteados te llevan a reflexionar sobre una nutrida variedad de situaciones o realidades que a todos nos tocan en mayor o menor medida.
"A sus pies, la ciudad: una selva inextricable como todas, plagada de anuncios luminosos, de cabinas telefónicas, de burocracias: una selva donde otras son las serpientes y otras las servidumbres, pero selva al fin y al cabo. Un lugar tan bueno para fabricar soledades como cualquier otro."

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