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martes, 12 de febrero de 2019

El verano antes de la guerra

La joven Beatrice Nash ha logrado un empleo como profesora de latín en la escuela de Rye, un destino más que digno para una mujer soltera, con extraordinaria formación y determinada a conservar su independencia, por mucho que su actitud demasiado moderna no resulte apropiada para las anticuadas costumbres de la mayor parte de sus nuevos convecinos. La recomendación de Lady Marbely y el apoyo de Agatha Kent han sido fundamentales para que Beatrice reciba la aprobación de Lady Wheaton, figura más relevante y cabeza de la junta rectora de la escuela, si bien se encontrará con la feroz resistencia del alcalde y su esposa, que pretendían que el puesto lo ocupara su propio sobrino.

Helen Simons, autora también del precioso libro "El mayor Petigrew se enamora", nos retrata en esta ocasión el que será "El verano antes de la guerra" que da título a esta novela, el último periodo de inocente felicidad para muchos antes de que estalle la I Guerra Mundial. Beatrice tratará de disfrutar de esa despreocupación junto a los sobrinos de los Kent: el formal y sensato Hugh Grange, médico en ciernes y el despreocupado y divertido Daniel con aspiraciones de poeta. Los dos primos se esforzarán por integrar a la nueva maestra en el escaso círculo de los más jóvenes miembros de la sociedad local. Mientras la amenaza de la guerra recorre Europa, los jóvenes tratan de aprovechar los días de verano, ajenos a los negros nubarrones que amenazan la estabilidad del continente. Cuando finalmente estalle el conflicto, la pequeña localidad irá viendo cómo sus hombres van partiendo hacia el frente, algunos de ellos para no volver, mientras que aquellos que permanecen en Rye se esfuerzan en participar en el apoyo a los combatientes con todo tipo de muestras de patriotismo. En medio de ese escenario, nuestra protagonista se mantendrá firme en su intención de convertirse en una mujer independiente, capaz de valerse de su intelecto para subsistir, si bien su sueldo será apenas suficiente para mantenerse dignamente, por lo que la joven se enfrentará al trato humillante que le prodigan los administradores de su herencia que supervisan estrictamente el uso de la asignación de la que pretende disponer, poniendo de relevancia el difícil papel de cualquier mujer soltera en aquella sociedad remilgada y llena prejuicios de la Inglaterra de principios de siglo.

La narración nos va revelando las pequeñas y variadas mezquindades de los variopintos personajes que pueblan la pequeña localidad provinciana donde a muchos les gusta destacar y darse importancia, donde algunos compiten por mostrarse solidarios a la hora de acoger a los refugiados que llegan desde Bélgica empujados por la guerra, pero tratando de que ello no afecte demasiado a su propia comodidad ni, por supuesto, a su bolsillo. Otros personajes que se mezclan con los habitantes locales son un grupo de artistas que han llegado a Rye atraídos por la calma del entorno rural y la atracción del paisaje costero; bohemios y de mentalidad libre, se apartan de los convencionalismos en las modas y las costumbres, sin ninguna intención de resultar respetables, por lo que nunca lograrán ser completamente aceptados en la sociedad local.

El ambiente de la novela nos evoca fácilmente el encanto del mundo de Downton Abbey con el que coincide en época histórica y en el retrato de la sociedad inglesa rural, con sus peculiaridades y costumbres. La propia portada del libro nos llevará a suponer que nos hallamos frente a una narración alegre y desenfadada, pero ésta evolucionará, según las escenas en el campo de batalla vayan ganado terreno a las reuniones sociales, dando paso a un emotivo relato del sinsentido de la guerra que nos llega a formar un nudo en la garganta al asistir a la pérdida absurda de vidas, en especial de las de aquellos más jóvenes y prometedores de entre los vecinos de cualquier población inglesa o de cualquier otro punto de la geografía europea, donde Rye resulta ser sólo un botón de muestra de lo que ocurrió en tantos otros lugares y momentos históricos y lo que sigue y seguirá ocurriendo  mientras que las guerras sigan existiendo.

martes, 27 de agosto de 2013

El mayor Pettigrew se enamora

En ocasiones, los traductores nos hacen algunas faenas con los títulos de las novelas, tal y como ocurrió con "La semilla del diablo" que en todo el mundo se titulo "El bebé de Rosemary" pero que en nuestro país, y gracias al traductor, ya sabíamos, nada más coger el libro en nuestras manos, quien era el padre de ese bebé. Una pifia, vamos. Y con esta novela ocurre algo parecido, aunque en menor grado, claro está, porque tampoco voy a decir que se nos desvele con el título una tremenda sorpresa inimaginable en un principio, pero sí considero que el título en castellano de "El mayor Pettigrew se enamora" resulta demasiado explícito para la sutileza de la historia que cuenta Helen Simonson en esta novela cuya traducción del inglés podría ser algo así como "La última decisión del mayor Pettigrew", con lo que algo de intriga podría conservar el lector hasta el mismísimo final de la lectura a la espera de comprobar si la historia camina hacia un lado o hacia el contrario. Pero así de directos somos aquí, queremos conocer el final desde el minuto uno. Porque la historia que se nos cuenta no es una explosión de enamoramiento y pasión, ni mucho menos, sino un lento y delicado camino cuyo recorrido debemos seguir sin prisa para disfrutar de todo el proceso hasta alcanzar su desenlace final.

Pues ya entrando a valorar el libro en sí, más allá del título, comentar que en la novela no se establece expresamente el espacio temporal en el que nos encontramos, aunque más adelante, por situaciones y datos que van surgiendo sabremos que la trama es prácticamente contemporánea. Sin embargo, y si nos dejamos guiar exclusivamente por los modales y la mentalidad del protagonista, por la estructura social del pueblo en el que reside y por las formalidades de los comportamientos de algunos personajes, muy bien nos podríamos hallar en la Inglaterra rural del siglo XIX. El mayor Pettigrew es un perfecto caballero inglés, militar retirado, viudo, consciente de sus responsabilidades frente a su familia y su comunidad y cumplidor de las normas sociales hasta el extremo. Nada más comenzar el relato nos lo encontraremos, sin embargo, abatido por la reciente muerte de su hermano menor, tan afectado por ello que ha olvidado, algo impropio de él: pagar la cuenta mensual de los periódicos que diariamente le reparten desde la tienda del pueblo, razón por la cual se presenta ante su puerta a reclamarle la deuda la señora Ali, una viuda de origen pakistaní que rige dicho negocio.

Lo inusual de las circunstancias que propician ese encuentro hará que ambos se vean mutuamente desde una nueva perspectiva y descubran la cantidad de cosas que tienen en común: ambos son dos personas maduras, viudos los dos, con relaciones complicadas con las respectivas familias, amantes de la lectura y con una alta consideración por la buena educación y el respeto absoluto hacia la vida de los demás. A pesar de su distinta procedencia, comparten muchos valores sobre lo que realmente consideran como importante en la vida. Aparecerán otros muchos personajes: los vecinos del mayor que lo respetan como el ciudadano ejemplar que es; el hijo del mayor, un joven mequetrefe centrado en el éxito profesional en la City y del que su padre a veces se avergüenza al comprobar su falta de madurez y de sensibilidad; el sobrino de la señora Ali, un joven que trata de cumplir con los compromisos de su religión y las presiones de su familia frente a sus deseos juveniles... A pesar del entorno, nada propicio a la pareja, ya que Pettigrew es un honorable miembro de la comunidad, socio del club de campo y la señora Ali no es, a ojos de sus vecinos, más que una tendera extranjera, por más que ella naciera en Inglaterra y se sienta tan británica como el que más, la relación entre ambos avanzará lentamente, a base de cordiales y correctas conversaciones, encuentros en los que disfrutan de sus aficiones comunes y sus muy cercanas sensibilidades, pero sin permitirse nunca el dejar asomar expresamente los sentimientos que ambos tienen por el otro, en aras de la corrección y de las buenas maneras.

Una novela, en fin, extremadamente sensible, plagada al mismo tiempo de un fino humor británico, tanto de la mano del irónico mayor que no deja pasar por alto ninguna de las absurdas y ridículas convenciones y rutinas que caracterizan la vida en un pequeño núcleo rural inglés, como igualmente por parte de la señora Ali que, sin perder nunca la compostura ni salirse de la posición social que le han asignado los demás, observa a sus vecinos y familiares con una aguda mirada llena de inteligencia. Una lectura llena de sutileza, ternura y donde, felizmente, el amor supera las barreras creadas por la sociedad.