En aquel palacio con frondosos jardines y una gran biblioteca Nalo aprenderá el obligado sometimiento a los señores pero también, bajo la tutela de Eneka, el jardinero jefe, conocerá todo lo que se puede saber sobre las plantas, si cultivo, cuidados y sus propiedades pero también le descubrirá las enseñanzas de la mitología y el afán por aprender, sin perder nunca la bondad de su corazón. Del abuelo Cosme, un idealista vencido por el mundo con un pasado oculto y de los refranes de la abuela Angustias extrae la sabiduría que surge del pueblo llano y de la tierra donde nacen y mueren los hombres sometidos. En su paso de la infancia a la juventud, Nalo está, sin embargo, más pendiente del descubrimiento del amor y de atender a los deseos de la carne que de formar su conciencia obrera.
La historia se desarrolla a partir de los años 20 del siglo XX en el escenario de las cuencas mineras asturianas, donde crecen los conflictos obreros a raíz de la incipiente industrialización que no reparte la riqueza igualitariamente; de ahí surgen movimientos radicales que serán violentamente aplastados. Hasta ese pueblo perdido, sin embargo, también llegan los ecos de la situación política del país y de más allá de las fronteras. En España cae la dictadura, se proclama la República, todo el mundo está convulsionado por revoluciones y nuevos sistemas políticos y productivos. Asturias también tendrá su buena dosis de revolución obrera que terminará en estrepitoso fracaso.
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| Chalet de los Figaredo en Mieres |
Este es un texto enormemente poético, con largos párrafos, envolventes y densos donde en ocasiones se cuelan pinceladas de fantasía; con frases que se extienden, que se alargan y se ramifican durante líneas, sin signos que marquen los diálogos y los separen del resto de la narración, la novela se sustenta sobre un lenguaje complejo, rico y cautivador; una narración trabajada pero que no por ello dificulta la lectura sino que proporciona un absoluto disfrute al afortunado lector que se enfrenta a ella.
"(...) y entonces el ruso se quitaba el gorro de piel de raposo que siempre llevaba sobre la cabeza y lo colocaba sobre las rodillas y tosía y se acariciaba la barba de profeta y comenzaba a hablar como si estuviera rezando o recitando versos, palabras hermosas que yo sentía como algo físico que me ataba a la vida, palabras que le crecían al ruso en el cuerpo como una enredadera y que se iban apoderando del azul de sus ojos y de todos sus sentidos."


Hola! Pues se ve una historia interesante, de esas que te remueven por dentro, así que a poco que se me cruce, la leeré! Un besote, te espero en mi blog!
ResponderEliminarHola, Raquel. Sí que es una buena historia pero además es que está muy bien contada. Me pasaré por tu blog a echar un vistazo, por supuesto.
EliminarSaludos.