viernes, 27 de enero de 2012

Nunca me abandones

Me ha ocurrido con la lectura de “Nunca me abandones” del escritor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro lo que te tiene que ocurrir cuando te pones con un libro presuponiendo que sabes a lo que vas, cuando en realidad no tienes ni idea. A Ishiguro lo conocía solamente por The remains of the day, intimista historia protagonizada por un clásico mayordomo inglés y de la que se rodó una preciosa película. Así que empiezo a leer Nunca me abandones con esa premisa en mente, pensando que me voy a encontrar con una novela sobre los alumnos de un internado inglés con todos sus tópicos habituales, pero algo no funciona bien: me cuesta entrar en la historia, no pillo bien el tono ni entiendo porqué me resultan raros los personajes; llego incluso a abandonar la lectura durante semanas ya que se me estaba haciendo muy cuesta arriba y la retomo con desgana, por esa manía mía de no dejarme un libro a medias. Y tardo bastante en caer en la cuenta de que el problema procede de que no estoy leyendo lo que pensaba que estaba leyendo, ¡ay! ¡esas indeseables ideas preconcebidas!

El argumento de la novela se basa en los recuerdos que Kathy H. va desgranando sobre los años pasados en el colegio de Hailsham donde vivió hasta los dieciséis años para después ser trasladada a otra residencia. A primera vista se trata de un clásico internado inglés, pero los residentes parecen no tener familia alguna ni ningún contacto con el exterior. Sus cuidadores, los custodios, no paran de insistir en lo especiales que son, le dan mucha importancia a su capacidad creativa, pero siempre parecen estar ocultando algo, saber cosas que los niños no saben y, al mismo tiempo, estar deseando contárselas, reprimiendo constantemente el deseo de compartir con ellos información importante. Los chicos saben que algo ocurre, pero ¿qué es? Hay tantas cosas que se les dice pero no se les dice. Kathy reflexiona sobre la cantidad de situaciones u ocasiones en que adivinaron alguna pista, entrevieron algún indicio en la actuación de los custodios o en los comentarios que dejaban caer, cómo iban adivinando cosas sin saber qué era lo que debían saber. Llegado un cierto momento acaban comprendiendo que no deben hacer planes ni crearse ilusiones sobre qué serán de mayores, a qué les gustaría dedicarse, porque todo su futuro está planificado, su existencia tiene un objetivo preconcebido y esto hace que su visión del mundo cambie completamente. Kathy va revisando los momentos fundamentales de aquellos años y el significado de todo lo que vivió, escuchó, entendió o creyó entender con respecto a la razón de ser de todos ellos, sobre lo que quisieron entender y las ilusiones que llegaron a hacerse sobre su futuro.

Creo que, de algún modo, el autor va dejando caer información de un modo indirecto para que el lector vaya acompañando a los chicos en su descubrimiento paulatino de la realidad: que los alumnos de Hailsham no son lo que parece, que no son chicos como los del exterior, así que, poco a poco, voy cayendo en la cuenta de que esta no es una novela costumbrista, que estoy leyendo una novela de un género diferente al que pensaba en principio, y entonces empiezo a comprender y de repente abro los ojos y la lectura se hace fluida y comienzo a disfrutar realmente del libro.

La narración de Ishiguro es detallista y puntillosa, se recrea en los pensamientos de Kathy, en las sensaciones, en las conversaciones en las que no se termina de decir lo que se piensa, las interpretaciones sobre los silencios y los gestos de cada personaje.

Simplificando podría decir que es una novela extraña, sin que esto tenga que ser una valoración negativa. La narración es desasosegante y sombría al representarnos un grupo de jóvenes diferentes, que sólo se tienen los unos a los otros en el mundo, que carecen de modelos de conducta, de raíces y de patrones para configurar su existencia. ¿Sería correcto calificarla de Ciencia Ficción? Casi mejor la emparejamos con George Orwell o Aldo Huxley y ese tipo de obras en las que se nos presenta una sociedad donde los avances científicos tienen más que ver con el control del hombre y sus comportamientos, donde la utopía se convierte en distopia, esto es, una utopía perversa sobre una sociedad futura perfecta a la que se llega mediante la manipulación del ser humano.

En definitiva, una lectura muy especial, que supongo que es de los pocos casos en que afirmaría que se debería emprender con una cierta información previa, para poder entender desde el principio el drama al que se ven enfrentados los protagonistas y disfrutar así plenamente de la lectura.

lunes, 23 de enero de 2012

La memoria del agua

La lectura de “La memoria del agua” de la periodista Teresa Viejo me ha dejado con la sensación de “sí pero no”. Es una lectura entretenida a ratos pero que no termina de cuajar, para mi gusto. La cuestión es que la novela tiene dos partes y para resumir brevemente mi opinión diré que la primera parte aprueba mientras que la segunda parte sobra.

El argumento de la novela se inicia con la visita que Álvaro del Llano realiza a Amada Montemayor, una anciana que puede ser la única persona que le descubra la verdad sobre su padre, al que siempre había tenido por un héroe caído en la Guerra Civil en el bando Nacional. La visita da lugar a un largo relato en el que la anciana regresa a su pasado para rememorar unos hechos que acabarán por dilucidar qué fue lo que en realidad sucedió con el padre de Álvaro.

A lo largo de la primera parte de la novela la acción nos sitúa en los años 20, en el elegante balneario ubicado en el Real Sitio de la Isabela, en plena Alcarria cerca de Sacedón junto a un Palacio en el que nunca residió ningún rey. Hago un inciso para señalar que en las notas con las que termina el libro sabremos que este lugar fue cubierto por las aguas del pantano de Buendía, de ahí lo infructuoso de mis búsquedas en internet para ubicar el lugar en el mapa. El balneario está gestionado por Ernesto Montemayor que, con el apoyo de su familia, sueña con abrir allí un hotel de lujo al nivel de los más selectos balnearios de Europa. Cada año el idílico lugar se convierte en animado centro de veraneo para los numerosos clientes acomodados que llegan atraídos por la irresistible combinación de activa vida social y relajados tratamientos terapéuticos. Pero entonces se produce el fallecimiento de un huésped y hay que tratar de que el asunto no afecte al normal funcionamiento del centro, pero la aparición de un segundo cadáver complicará la situación. El propietario, con la ayuda del médico, un inspector de policía y el alcalde tratan de resolver el caso con la mayor discreción posible.

En la segunda parte de la novela nos situamos en los años de la guerra civil. Esta parte se centra totalmente en el personaje de Amada, única hija de los Montemayor. Decidida la familia a abandonar España huyendo de los horrores de la guerra, Amanda vuelve a la Isabela para resolver algunos asuntos antes de abandonar el país y se encuentra con el deterioro que ha sufrido el lugar en los últimos tiempos, con el balneario abandonado y el Palacio convertido en sanatorio mental. De la mano de Balbina, antigua empleada del balneario, Amada va conociendo cómo se fue deteriorando el antiguo enclave una vez que el nuevo propietario se estableció en el balneario, y cómo la desgracia volvió a marcar el destino del lugar, como si de una maldición se tratara.

A todo lo largo de la novela, la ambientación de la época está bien tratada y los personajes resultan interesantes, aunque, sobre todo en la primera parte, se me ha quedado algo corto el perfil de algunos de ellos a los que me habría gustado conocer más a fondo, que merecían más atención. En realidad encuentro una gran diferencia entre las dos partes de la novela: la primera me ha resultado interesante mientras que la segunda me ha aburrido bastante más. De hecho afirmaría que la primera parte del libro sería fácilmente el argumento de una novela completa, ligera pero entretenida, con sus diversas tramas en paralelo y el desenlace de los casos que se investigan, pero da la sensación de que la escritora no quiere que se le haga muy larga esta parte, ya que se empeña en agregar una segunda situada en la Guerra Civil y por ello el relato resulta en ocasiones un tanto atropellado, se acelera demasiado en dibujar los personajes y algunas escenas se hacen demasiado breves, va dejando muchos hilos sueltos en los que podría profundizar más.

De tal manera, como ya he dicho, la segunda parte me ha resultado bastante menos entretenida, la historia del hospital psiquiátrico, las supuestas prácticas oscuras que se desarrollan allí, los secretos de algunos de los residentes en el centro, no me han convencido demasiado.

Para terminar, opino que el recurso a la evocación por parte de Amada de su pasado para acabar conectando su historia con la de Álvaro del Llano es innecesario; opino que la propia vida de la familia Montemayor resulta suficientemente interesante como para ser el centro de la trama y el hecho de que la novela entera tenga como objeto resolver el secreto de Álvaro del Llano y su padre desaparecido, que ni tan siquiera tiene un papel importante en toda la novela, es un recurso que sobra.

Lo cierto es que mientras leía este libro he pensado muchas veces lo difícil que debe ser escribir una buena novela: lo complicado que debe de ser hacer que el relato fluya naturalmente, que todo resulte armonioso. Sólo cuando una lectura no nos proporciona todo esto caemos en la cuenta del mérito que tiene escribir bien. Aunque el tener la valentía de intentarlo ya es un valor que debemos reconocer a la autora en este caso. Tal vez la próxima vez el éxito sea completo.

lunes, 16 de enero de 2012

Yo confieso

Me lo pone en bandeja el título, ya lo sé, pero no me resisto a decir que yo confieso que esta magnífica novela, “Yo confieso” de Jaume Cabré, ha sido el gran descubrimiento de los últimos meses, una novela que voy a recomendar a cualquiera que me consulte próximamente y que no creo que defraude a nadie, aunque debo advertir que no es un libro fácil ni que se pueda leer a salto de mata. Es largo y denso, pero vale la pena, sin duda.

El argumento parte de la “confesión” que realiza en primera persona Adrià Ardevol al final de su vida cuando repasa su existencia, partiendo desde una infancia solitaria y triste pero narrada con la serenidad del niño que no ha conocido otra cosa; Adrià es un niño prodigio y lo sabe, pero al que le falta el cariño de sus padres; es consciente de su gran capacidad intelectual y de que se esperan grandes cosas de él: su padre quiere que sea un erudito de inmensa cultura, para lo cual insiste en que estudie, desde bien pequeño, lenguas modernas y clásicas, mientras que su madre se empeña en que se convierta en concertista de violín y él trata de agradarlos a los dos. El niño solitario, con su enorme imaginación, espía oculto tras el sofá del estudio de su padre las conversaciones de los adultos y sólo tiene como confidentes y consejeros a un indio arapaho y al sheriff Carson, que le sirven de filtro a través del cual trata de comprender el mundo que le rodea y son también la voz de su conciencia.

Acercándose a la adolescencia conocerá a Bernat, otro niño solitario virtuoso del violín y con el que tejerá una amistad que les acompañará a lo largo de sus vidas. La novela, en lo que a Adrià se refiere, es la historia de una gran amistad pero sobre todo una gran historia de amor, del amor de Adrià hacia Sara que también tendrá sus altos y bajos, sus encuentros y desencuentros, pero nunca morirá.

Y en paralelo a la vida de Adrià vamos conociendo la peripecia del valioso violín storioni, el mayor tesoro que el chico recibe en herencia de su padre. Fabricado en Cremona allá por el siglo XVIII, iremos siguiendo su paso de mano en mano, acompañando sus idas y venidas desde su origen a lo largo de Europa hasta la huida de la Santa Inquisición, volviendo a aparecer en la Alemania nazi, recorriendo gran parte de la historia de Europa. La visión del holocausto que da el autor es absolutamente desgarradora y la conecta de una manera asombrosa con toda una serie de manifestaciones de la maldad humana a lo largo de la Historia de la civilización occidental.

Hay veces que un libro o un autor engancha por las historias que cuenta, por los personajes que crea o por la emoción que transmite. En este caso este escritor era completamente desconocido para mí, a pesar de que, según leo en la solapa, es una figura fundamental de la literatura catalana con fama a nivel europeo. Vuelvo a confesar y a reconocer mi ignorancia ya que nunca había oído hablar de él, pero bien es cierto que desde las primeras páginas me he sentido absolutamente enganchada a su forma de narrar, a la manera de presentarnos esta “autobiografía” en la que el narrador, con la mayor naturalidad va alternando la voz en primera persona con el narrador omnipresente, el diálogo con la descripción, saltándose muchas reglas clásicas, con frases que terminan de repente, con constantes cambios de estilo, reiteraciones que serían inaceptables en otro escrito, pero así y todo la lectura no se ve afectada, resulta de lo más normal que en mitad de una frase pasemos a otra conversación, a otro personaje o a otro siglo, y que la unidad de la novela permanezca inalterable, por más que se mezclen sin parar todas las historias.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con una lectura, que no me admiraba constantemente de la capacidad de creación de un autor, del control de la narración que no se desequilibra en ningún momento, aquí todo está en su sitio, todo parece fácil a pesar de ser absolutamente complejo; y por el deseo de compartir el disfrute de leer algo tan bien escrito, no dudo en recomendar esta novela.

viernes, 13 de enero de 2012

Persuasión

Jane Austen realiza en esta novela, “Persuasión”, un retrato preciso del entorno de una familia aristocrática en la Inglaterra del XIX con sus prejuicios de clase y, sobre todo, de los usos amorosos de la época o, al menos, de la forma de entender el matrimonio. Sir Walter Elliot es un orgulloso viudo con tres hijas: la mayor, Elisabeth, es la que más se asemeja a su padre en su defensa de los privilegios inherentes a su clase y el interés por las buenas relaciones sociales, pero bien es cierto que se acerca a una edad preocupante y no he encontrado marido; la hija mediana, Anne, protagonista de la novela, es la clásica heroína Austeniana: tiene unos intereses, una humildad y una sensibilidad que la alejan del carácter del resto de la familia que no toman en consideración y, generalmente, desaprueban sus opiniones o iniciativas; la menor, Mary, es caprichosa y voluble, sin embargo es la única que ha logrado casarse y emparentar con la familia Musgrove, ricos propietarios locales. Al no existir descendiente directo varón, la herencia de los Elliot deberá pasar a un familiar lejano, un tal William Walter Elliot con el que, en principio, no hay buena relación.

Sir Elliot se apoya en Lady Russell, una antigua amiga de su difunta esposa, cuya opinión tienen todos en muy alta estima y que siente especial predilección por Anne. Debido a los aprietos económicos por los que pasa el barón a causa de su alto nivel de vida, se decide el traslado a Bath, donde los gastos serán menores, aunque no se rebajará el estatus de la familia, dejando la mansión de Kellynch Hall en arriendo al Almirante Croft. Resultará que estos inquilinos están directamente emparentado con el capitán Wentworth, con el que la joven Ana Elliot mantuvo un discreto compromiso hace algún tiempo, relación que se vió forzada a dar por terminada, persuadida por su entorno de que el joven no reunía ni el nivel social ni la fortuna deseables. Siete años más tarde, la joven no ha encontrado otro pretendiente de su agrado y continúa soltera.

Mientras que su padre y su hermana Elisabeth se trasladan a Bath, Anne permanecerá durante algún tiempo en Uppercross junto a su hipocondriaca hermana menor, Mary, que requiere su compañía y allí participa en las reuniones y actividades sociales de los Musgrove, donde coincide un buen grupo de vecinos y familiares, entre ellos el citado capitán Wentworth.

Una vez que Anne se traslada a Bath, se produce el acercamiento al círculo familiar del heredero, Mr. Elliot, lo que hace que Anne se vea de nuevo persuadida, en esta ocasión, sobre la idoneidad de este posible pretendiente, ya que con este matrimonio ella recuperaría el título y las propiedades de su familia. La joven, que en su fuero interno sueña con un esposo que reúna una serie de virtudes de carácter, sensibilidad y temperamento, no termina de aceptar las insinuaciones de los que tratan de predisponerla a favor del heredero.

La novela supone una incisiva mirada a una época y una clase social, si bien es cierto que la lectura me ha resultado en ocasiones farragosa, dadas las enrevesadas relaciones familiares y sociales de los numerosos personajes y los complejos mecanismos del cortejo, la multitud de factores que influyen en los comportamientos, los prejuicios de clase y los sobreentendidos que muchas veces derivan en malentendidos. He estado más pendiente de seguir las distintas tramas amorosas que de la propia suerte de la protagonista, sobre cuyo final feliz apenas he dudado en ningún momento, si bien no tenía muy claro ante cuál de los posibles pretendientes acabaría sucumbiendo.

Entiendo que no se pueden contemplar las relaciones sociales de la Inglaterra victoriana desde el punto de vista del siglo XXI, por más que las influencia que sobre una joven soltera de buena cuna ejercen las opiniones de las personas que la rodean no es, al fin y al cabo, algo totalmente diferente a lo que podemos contemplar en la actualidad, pero lo cierto es que, en el caso particular de esta novela, la cantidad de relaciones que se crean, se presuponen, se planean, se intuyen... no me ha permitido sentir verdadero interés por el destino que finalmente le tocaría en suerte a la protagonista. No es, definitivamente, mi novela preferida de Jane Austen, aunque esto no significa, en absoluto, que no sea una buena novela. Simplemente, hay otras mejores, en mi opinión.

miércoles, 4 de enero de 2012

Violetas para Olivia

La primera lectura de este año 2012 ha resultado ser una pequeña sorpresa, ya que en realidad cuando decidí leer “Violetas para Olivia” de Julia Montejo lo hice con la idea de que sería una lectura ligerita, con un tono romántico y sencillo de leer y lo cierto es que me ha sorprendido bastante más de lo que esperaba, será precisamente porque no me había creado grandes expectativas con respecto a ella.

La historia que se nos cuenta es, fundamentalmente, una historia de mujeres, las féminas de la familia Martínez Durango que a lo largo de los años han ocupado la casa palacio de San Gabriel, un pequeño pueblo blanco en la sierra, entre Cáceres y Sevilla, donde la familia ha ejercido de terratenientes durante siglos sin rozarse apenas con sus habitantes, encerrados entre los muros de la casa. Pero también es cierto que entre esos muros no se ha vivido nunca una historia de amor verdadero ni ha sido posible que ninguna mujer sea feliz, y de esta especie de maldición trata de huir la protagonista, Madelaine, la última heredera de la saga familiar que vive alejada del pueblo y tratando de llevar una vida lo más sencilla posible, pero un problema con Hacienda y el hecho de ser la titular única de todos los bienes familiares la obligan a volver a San Gabriel y a enfrentarse con los fantasmas de Inmaculada, su madre desaparecida, de su abuela Olivia, de su tía Rosario y también a Clara, la única tía que sigue con vida, y tendrá que ir descubriendo las razones que llevaron a todas estas mujeres al sufrimiento, al desamor al enfrentamiento con los hombres de la familia llegando incluso a abandonar a sus propios hijos para huir lejos de la casa.

Me ha gustado mucho el aire de realismo mágico que se respira en el libro, el modo en que los fantasmas conviven con los vivos y orientan sus acciones sin que sea una novela de género fantástico, sino que se plantea con normalidad la capacidad de la casa palacio de someter a sus habitantes, a la vez que en el relato, al ir mezclándose en los mismos escenarios las escenas del pasado con las del presente, de manera que en un mismo lugar pasamos sin transición de lo que ocurrió hace años a la actualidad, como si de algún modo ambos momentos corrieran paralelos, se transmite la sensación de que los personajes conviven al margen del tiempo y ayuda a compartir esa sensación que acompaña a la protagonista de ir sintiendo lo que sentían sus antecesoras y de ir conociendo y comprendiendo su pasado de manera casi sobrenatural.

Los personajes están muy bien dibujados, con sus personalidades y sus contradicciones manifiestas pero que te llevan a comprender sus acciones y a simpatizar con ellas, incluso con las que llevan la etiqueta de malas, también a ellas se les puede entender y justificar sus actos conociendo lo que vivieron y a donde las circunstancias las arrastraron.

Una novela, en fin, bastante agradable, con una buena mezcla de realidad y magia que cuenta una historia si no original, sí tratada de una manera muy interesante, con un buen ritmo y que engancha en su lectura. Bastante recomendable, por tanto.